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Muere boxeador británico después de ganar

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El semicompleto Scott Westgarth había sido declarado vencedor de su pelea y tras ser entrevistado se desplomó en el camerino. Fue operado de un coágulo en el cerebro. No sobrevivió.

De cuando en cuando el ala negra de la tragedia cubre al boxeo. Ayer, una vez más, como ha sido cada vez más frecuente en el deporte de los puños, circularon a la velocidad de la luz cientos de miles de mensajes en las redes sociales, Scott Westgarth, un peleador británico de peso semicompleto murió a consecuencia de las lesiones que sufrió en el cerebro durante una pelea ¡que ganó! y donde buscaba, además de un par de miles de libras esterlinas, un título de la sopa de letras en la que se ha convertido el boxeo.

¿Quién era Scott Westgarth?… Probablemente su nombre no sea siquiera familiar para quienes de una forma u otra hemos estado tan cerca y tan involucrados en el boxeo. Pero sí en cambio, sabemos que ha sido otro sacrificio inútil pagado a una disciplina que cada vez sufre más, porque cada vez la invasión de advenedizos buscando hacer negocio crece de manera incontrolable, sumando voces y voces que claman que debe ser abolida esta práctica, que para algunos resulta criminal. Como lo ha sido por consecuencia la noche del sábado.

De pronto, el argumento de que el boxeo, el deporte de los pobres es la única puerta de salida a la vida de jóvenes en todo el mundo que, sin mayores oportunidades, se aferran a dar de golpes en un ring, para ganar, tal vez un poco de dinero, un poco de fama y con el tiempo y mucha suerte, convertirse en uno de los pocos elegidos que llama el boxeo en los últimos tiempos.

De nada sirve que organismos como el Consejo Mundial de Boxeo siga tratando de humanizar una práctica que les ha dado vida a muchos jóvenes mexicanos, si en cambio, las comisiones de oscuras costumbres en todo el mundo catalogan médicamente sin estar capacitadas, autorizan sin responsabilizarse de sus actos, y, condenan a muerte a aquellos que por mala suerte pasaron por sus manos.

Una estadística, tal vez reveladora en la Gran Bretaña, señala que ningún peleador murió en un cuadrilátero de ese país o al bajarse del ring entre 1995 y 2013. Sin embargo, como nos dijera en una entrevista hace un par de años el refería Richard Steele que estuvo a cargo de aquel legendario combate entre Julio Cesar Chávez y Meldrick Taylor, “ningún campeonato vale la vida de un hombre”. Y en la oscuridad de pequeñas arenas, algunas de ellas casi clandestinas, sin títulos ni prosapia de por medio, son más los que arriesgan y pierden que los que ganan.

Westgarth ganó su combate del sábado por la noche ante Dec Spelman después de completar los 10 rounds a los que estaba pactada la pelea. Fue entrevistado en la zona de ringside y, aseguran quienes estaban cerca de él, que lucía distraído, se tocaba la cabeza con frecuencia y al analizar esos momentos, los más concluyen que “estaba mal”. Cuando llegó al vestidor dijo que le dolía la cabeza, por lo que fueron llamados los paramédicos que estaban presentes en la función, luego perdió el sentido, fue trasladado al hospital y en la madrugada de ayer falleció sin haber recobrado la conciencia. Estuvo muy cerca de conseguir el éxito, es más, lo consiguió, pero no vivió para disfrutarlo.

Tenía un coágulo en el cerebro, fue operado y entonces se esperaba el milagro. No lo hubo. Westgarth se sumó a la estadística de fríos números que lo convierten en el muerto número x, de la lista de este deporte en sus más de 100 años de ser una disciplina reglamentada. No es suficiente consuelo para nadie decir lo que sea para justificar su muerte. No hay justificación ni alivio.

Por supuesto que los que aman el boxeo, o los que viven de él y no para él, dijeron que era lamentable, pero que un boxeador cada vez que sube al ring, se está jugando la vida. Legalmente tiene el derecho, aunque no haya conciencia capaz de aceptar la brutalidad de una noticia que habla de la muerte de un hombre, de un deportista.

El peleador británico no era una celebridad, había ganado siete de sus nueve peleas, empatado una y perdido dos. Su rival cayó al ring tras un brutal izquierdazo, y luego, Westgarth se fue a la lona cuando la pelea estaba a punto de terminar en el décimo episodio. Se levantó y cuando estaba siendo golpeado duramente por su adversario, sonó la campana, ambos contendientes se abrazaron. Se dio la decisión y el ahora fallecido púgil fue el ganador por decisión unánime. No era una pelea especial o algo en particular, fue una de las 48 peleas que hubo en la Gran Bretaña en las siete funciones que se presentaron. Apenas se supo que los paramédicos habían ido al vestidor a verlo, el resto de las peleas de la función fueron canceladas.

El promotor de Westgarth, Stefy Bull dijo en su cuenta en twitter que “he promovido una función de boxeo donde un hombre hace lo que le gusta y pierde la vida en ello, no tengo palabras que consuelen a su familia y su equipo, son los días más difíciles que he vivido en este negocio”.

El boxeo está de luto nuevamente. La tragedia que aguarda por su oportunidad en cada combate ha vuelto a derrotar a los buenos. Los que aman al boxeo, los que luchan por hacerlo un deporte limpio y justo, aunque en su esencia convivan el dolor y la alegría, ven departir a la justicia y la injusticia, la ilusión y el descorazonamiento, ver cómo se va una oportunidad en la vida, aunque sea eso, la vida, lo que pueda pagarse como ofrenda. No es fácil explicarlo.