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Esos largos y oscuros pasillos…

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MIS CARTAS DESDE RUSIA

EDGAR VALERO BERROSPE EN MOSCÚ

 

Deambular, más que circular por los pasillos del vetusto Estadio Lenin, ahora llamado Luzhniki, resultó ser una aventura debo aceptarlo. De pronto tuve una especie de tele-transportación, como si me hubiera regresado en el tiempo unos 60 años, a la época de la Guerra Fría, cuando, aunque uno no tenga referencia directa, lo poco que se pueda haber aprendido tal vez provenga, incluso de las series de televisión en blanco y negro como aquella famosa del Agente de CIPOL.

El Estadio Lenin como fue llamado durante muchos años desde su construcción en 1952, la cual llevó por cierto sólo 450 días, fue la respuesta inmediata a la necesidad de que los deportistas de la URSS tuvieran un estadio nacional después del éxito obtenido en los Juegos Olímpicos de Helsinki en 1952 cuando la nación recién creada tras la Segunda Guerra Mundial acabó en el segundo sitio global, tiene una larga historia de éxitos y derrotas e incluso la trágicas nota de la estampida humana de 1982.

Y quizá por eso en sus pasillos, muchos, y en sus escaleras que son muchas también, muchos y muchas de ellas que se prolongan y se prolongan inexplicablemente sin que haya siquiera un punto de descanso, reflejan un estilo arquitectónico propio de aquellos tiempos, de austera sobriedad, con materiales simples, rancios y poderosos que ahora en la remodelación, sobrevivieron quizá por su naturaleza en la que era mejor dejarlos donde están que tratar de moverlos.

El Luzhniki es una especie de laberinto donde estoy seguro de que muchos podrían fantasear, y estoy por asegurar que podría hacerse una película y que muy probablemente alguien podría extraviarse durante horas antes de encontrar la vía correcta de salida de sus intrincados pasadizos.

En la larga ruta hacia la sala de prensa, ubicada en el lado opuesto a la tribuna de prensa del escenario, se requiere tener un profundo sentido de orientación, porque además alguien decidió que hubiera no sólo un “Media Center” sino tres, por lo que la aventura para quienes llegan por vez primera como era mi caso, puede prolongarse más allá de lo esperado antes de encontrar el famoso “help desk” donde se entregan los boletos de la tribuna de prensa, la cual por cierto, y como en los tiempos de Fidel en La Habana y de Nikita Krushev aquí en la entonces URSS, estuvo cerrada a los periodistas, hasta que se consideró que ya nadie podría revelar el “secreto de estado” en que se convirtió la breve ceremonia inaugural.

Y como el lenguaje universal de las señas nunca falla, mucho más que un simple “NET” que se pronuncia “niet”, los muchos voluntarios recurrieron a hacer una cruz con los brazos, una seña que es ampliamente usada por los orientales y en especial los japoneses, para indicar que algo está cerrado.

Ni duda cabe que han sobrevivido a los tiempos en este país, muchas de las estructuras, rancias de un tiempo que pareciera perdido en la historia. Luego ya cuando uno averigua más, se encuentra con que efectivamente, los materiales vinieron de Armenia, de Leningrado hoy conocido como San Petersburgo, los muebles en su momento fueron hechos especialmente en Kunas (Lituania) y en Riga (Letonia) mientras que los cristales especiales fueron mandados a traer de Minsk (Bielorrusia) y las vigas que soportaron parte de la estructura original provenían del lejano Irkustk en Siberia. Sí, toda una leyenda.

Quizá, ya cuando me retiraba tras la victoria de Rusia 5-0 sobre Arabia Saudita en su debut en este Mundial, lo que me dio un poco de tristeza, fue que, al margen de que sea yo o no lo sea, un admirador de Lenin, el hecho de que la FIFA y el Comité Organizador pusieran una tienda de souvenirs y merchandising del Mundial justo a los pies de la estatua erigida en memoria de Vladimir Ilych Ulianov, Lenin, uno de los más grandes héroes del comunismo soviético, y que se presta a bromas, como si fuera el “copete” de algún comercio de comida tipo McDonalds.

Por lo demás, queda ahí la sobriedad de un escenario que, a pesar de la profunda restauración, conservó el sabor y la personalidad que lo convirtieron en un símbolo de esta ciudad.

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